
Media hora en tren, la bitácora bajo el brazo, la cabeza contra en vidrio, para sentir la vibración de las máquinas. El paraje pasa como los libros de cálculo por lo que me doy el gusto de pasar el dedo cuando camino hacia la ventana de la biblioteca, como los niños cuando pasan una ramita seca por los fierritos de la reja, y así todo el cosmos entrega un ritmo, un swing, un latido...
Y es como bajar de una nave espacial, una sensación de ser ageno aunque se conozca casi de memoria cada calle, cada puerta, cada ventana bohemia que señana cada espacio dentro de sus muros de madera. Miro detenidamente cada construcción antigua, los viejos protíbulos abandonados, la niebla que endulsa todo, que humedece la cara. La puerta negra suena como el regaño de un viejo semidormido, y juguetona una minúscula polilla gira al rededor de la débil ampolleta, como un electrón al rededor del núcleo. Simplemente me gusta escuchar los viejos cantos comunistas, las risas llenas de tos de los viejos barbones, las historias, el polvo, la escacés de luz. En realidad ni yo tengo muy claro por que cada semana relogiosamente me dejo caer por el boliche porteño, sin aviso, sin saludar a nadie, pero sabiendo que ya todos se han memorizado mi cara. Desenfundo mi libreta y junto a la amargués de la cerveza y un son de Buenavista Social Club, comienzo el viaje de siempre, a juntar pedazos de las historias que cuentan los viejos que pueden darse el lujo de trabajar a la pala y arreglar el país, además de calificar culos, todo el mismo tiempo y al vapor de una cazuela hirviente. Lo más increíble puede ser algo trivial, aquí no vale lo real, ya se ha hablado demaciado de eso, sino que se da rienda suelta a la literatura incosnciente de cada trago, de cada cigarro, y yo solo absorvo y anoto para no olvidar. Sobretodo me gusta escuchar las historias de muertos y funerales, de gente que pena en las fábricas, de los que cuentan que trabajaron algún día en las minas de carbón, y de los fantasmas que rodean ahora las instalaciones. Que los muertos en cada derrumbe todavía advierten a la gente a que no baje hasta ese oscuro infierno de cenizas y jaulas humanas, de las revueltas y los castigos ejemplares de los gringos a los insurrectos obreros. Un viejo celebra un gol del Vial y todos saltan aplaudiendo. Se dejan ver como rayos las sombras de las ratas que pasan por el entretecho.
El olor a sopa fría termina por impregnarme y emprendo la marcha prematuramente, cierro la libreta y termino la cerveza. A mi salida vuelan pajaros negros en medio de la noche y la bruma y dos perros salen a mi encuentro a darme la hora y a mear el grifo de la salida. Extrañamente me siento satisfecho, llevo buenas notas. Recuerdo la cara de esa, la de las hilachas colgando, esa mujer del demonio, pero que más, ella no disfrutaría de estos placeres. Hace buen frío hermano, agradezco a la noche por entregarme su versión de las cosas, y subo de nuevo al tren con la cara pegada al vidrio para sentir la vibración de las máquinas.
jc